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TRAVESTIDAS
PARA TRIUNFAR
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Decía Aristóteles que
"la belleza es
la mejor carta de presentación". No parece faltarle razón al filósofo a juzgar por los
millones de personas, especialmente mujeres, preocupadas por la apariencia
física. Ésta juega un importante papel en nuestras vidas y ofrece múltiples
ventajas. Sin embargo, el atractivo femenino se convierte en una clara
desventaja cuando las mujeres aspiran a ocupar puestos directivos
tradicionalmente masculinos.

Deslumbrados por la belleza
de la nueva secretaria, dos ejecutivos decidieron ponerla al tanto del
funcionamiento de la empresa. "Tú enséñale lo que está bien y yo le enseñaré lo
que está mal", apuntó el más osado. Tan célere y lujuriosa predisposición tiene
su explicación. Si se le pregunta a la gente qué es lo que más le atrae de los
demás en un primer encuentro, la mayoría responderá que la inteligencia, la
personalidad o el sentido del humor. Pero, seguramente, se engaña a sí misma. La
característica que más impresiona es el atractivo físico. La célebre cantante
Madonna lo expresa así de claro: "Lo que más me gusta del hombre es la inteligencia, el
sentido del humor y un cuerpo fantástico. ¡Pero si tiene un cuerpo fantástico,
puedo olvidar lo demás!".
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El influjo de
la belleza se observa, prácticamente, en todos los ámbitos y todas las
situaciones. Desde las más intranscendentes -permitir, por ejemplo, que alguien
atractivo se salte la cola de hacer fotocopias- hasta las más importantes: optar
a puestos de trabajo, elegir amigos, parejas o amantes. Incluso puede afectar
positivamente a los resultados de exámenes o al veredicto de un jurado, por
poner más ejemplos. Esto puede parecer injusto e irracional. Pero a menudo es
así. Las personas atractivas son, por lo general, más preferidas que las menos
agraciadas. Y es que, según muchos experimentos, la gente percibe a los
atractivos como más felices, más sensibles, más cálidos, más sociables. En suma:
más interesantes. La belleza vende. No en balde los fabricantes de automóviles
(al igual que otros) tratan de seducir a sus potenciales compradores ¡más por
las líneas femeninas que por las del propio auto!
La apariencia
física juega, pues, un importante papel. No sólo en los juicios que la gente
hace de los demás, sino porque también ofrece muchas ventajas en la vida. Así,
no es de extrañar que millones de personas -principalmente mujeres- inviertan
importantes sumas de dinero en vestidos, cosméticos, gimnasios, dietas y otros
calvarios para conseguir un mayor atractivo.
Decía Sócrates que
"la belleza es
una tiranía de corta duración". Pero la mayoría de las mujeres trata de alargar esta esclavitud por
todos los medios posibles. Alguna, incluso tiene la suerte de heredar los
atractivos físicos del padre ¡cuando éste es cirujano plástico! Pero, en contra
de lo que pudiera parecer, no siempre es una ventaja para las mujeres su
atractivo físico. Especialmente, en el entorno laboral, en donde los
estereotipos sexuales pueden entrar en conflicto. |

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Ahí las mujeres bellas tienen
una clara desventaja cuando aspiran a ocupar puestos directivos tradicionalmente
masculinos. Esos en los que los perfiles requeridos se basan en la energía, la
independencia y la agresividad por vía genital para imponerse a los demás. Los
hombres que poseen estos atributos no tienen que preocuparse ni por los buitres.
¡No se comen a los colegas!
El atractivo de los hombres,
en cambio, siempre es una ventaja. Tanto para ocupar puestos de dirección como
de subordinación. El de las mujeres, por contra, sólo es ventajoso cuando
aspiran a cargos no directivos (secretaria, relaciones públicas, etc.). Son
precisamente, las mujeres menos agraciadas las que gozan de mayores
posibilidades de asumir altas responsabilidades desempeñadas históricamente por
hombres. Mucho más aún si, por naturaleza, ya poseen rasgos de personalidad
masculinos. Como la energía o la dominación antes citados. Como los de esa
esposa cuyo marido comentaba a un amigo: "Estábamos con el psicólogo para ver si
mi mujer es dominante o no. Primero, ella contó su parte de la historia. ¡Y,
después, contó mi parte de la historia!"
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Con el propósito de paliar el
grave inconveniente que la belleza supone para la mujer ambiciosa, ésta se ha
visto obligada a practicar lo que podría denominarse "travestismo laboral". Este
fenómeno consiste en camuflar su propia imagen. Para parecer menos atractiva,
menos femenina y algo más masculina. Sólo mediante este transformismo teatrero
las mujeres han conseguido avanzar en sus carreras profesionales hasta alcanzar
las posiciones de poder que ahora ostentan. |
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Pero las más miméticas han
cosechado, a veces, hasta reproches maritales. Como el de ese directivo que, al
contemplar la varonil guisa de su mujer, le espeta: "¡Yo no me casé para
acostarme con otro ejecutivo!"
Y es que la forma en que una
mujer hermosa se arregla afecta de manera determinante a su posibilidad de
emplearse en puestos de mando. A priori, casi ningún seleccionador de personal
admitiría que mujeres con vestidos típicamente femeninos -esos que responden al
"deseo de revelar y la necesidad de ocultar"-, enjoyadas, maquilladas, con
largas uñas pintadas y peinadas con estilo profesional, pudieran ser potenciales
directivos de empresa.
Diversos
estudios psicológicos han demostrado que las candidatas al más puro estilo
femenino son percibidas con menor aptitud de mando, menos interesadas en el
trabajo, dependientes de los otros, más sexys -por tanto, proclives al flirteo-,
menos asertivas y seguras que las que se travistieron. Con sus prejuicios
machistas, muchos hombres no sólo parecen querer tumbar la autoestima de las
bellas mujeres, sino también sus cuerpos sobre el diván de cualquier solitario
despacho.
Pero si estas
mismas mujeres practican el "travestismo laboral", la percepción que se tiene de
ellas es completamente diferente. Si visten trajes de chaqueta impersonales, con
corbata o pañuelo, sin apenas maquillaje, con peinados nada sofisticados o con
melena corta, serán elegidas posibles candidatas para cargos directivos. La
realidad sugiere, pues, que las mujeres con apariencia menos femenina o más
masculina son consideradas más competentes y con mayores opciones para triunfar
en altos niveles del organigrama empresarial. También alcanzan mejores salarios,
mayor aceptación y credibilidad social que las que se presentan acicaladas al
modo tradicional femenino. Desgraciadamente, los hechos confirman lo que toda
mujer hace tiempo sospecha. Si ésta quiere tener éxito en el mundo de los
negocios, ha de travestirse para no mostrarse "demasiado femenina". Las bellas,
además, a diferencia de las que tienen en la cara una verruga como rasgo más
hermoso, sienten inseguridad y desconfianza ante los hombres. No en vano su
atractivo puede invitar a indeseados acosos sexuales. Incluso simples
secretarias se defienden de ellos practicando también el travestismo. Quieren
evitar historias como la de aquella subordinada que le comunicó a su jefe que
tenía buenas y malas noticias que darle. "Déme primero las buenas", le dijo el
jefe. Y ella sentenció: "¡Usted no es estéril!".

Es curioso comprobar cómo
muchas personas -hombres y mujeres- que se ofenden por las actitudes sexistas de
nuestra sociedad, nunca se cuestionan la injusticia de la fórmula del
"travestismo laboral". Porque, como se ve, la mentalidad empresarial sigue
manteniendo diferentes patrones para hombres y mujeres. Es cierto que los
hombres deben seguir también ciertas normas formales de vestir. Pero ninguna
respecto a su masculinidad. Nadie espera de él que se peine de una forma en la
oficina y de otra distinta para acudir a la cita de una cena, por poner un
ejemplo. Es lamentable que las mujeres hayan de imitar detestables patrones
masculinos para escalar puestos de mayor responsabilidad, en vez de intentar
crear otras pautas de relación. Pero parece que los prejuicios machistas son más
difíciles de eliminar que un chicle pegado a un suéter de angora. Tanto, que uno
justifica el travestismo y se pregunta: ¿cómo se las hubieran apañado las
mujeres si no? |
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