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¿Son
las mujeres diferentes de los hombres?
La aparente superioridad
física masculina es un mito. Según el Public Health Service (USA), el organismo
femenino es mucho más fuerte que el masculino. Su sistema inmunógeno es mucho
más completo. La mujer es más refractaria a las enfermedades del corazón, el
estrés y los tumores malignos. No es raro, pues, que la esperanza actual de vida
para ella sea de ochenta y dos años, mientras que para el hombre es sólo de
setenta y siete. Se dice que la mujer envejece más rápidamente que el hombre.
¡Pero éste se muere antes!

Hay todavía más pruebas de la
superioridad biológica de la mujer: ¡El hombre todavía no ha conseguido dar a
luz! Hablando de alumbramientos, el hombre sólo ha sido capaz de cambiar los
plomos e inventar la silla eléctrica. Un mérito de ¡apaga y vámonos!
Psicológicamente, la mujer también nace con un mayor grado de madurez. Y aprende
a hablar, a andar y a servirse de las manos mucho más rápidamente que los niños.
Emocionalmente, la mujer sabe resistir mejor los embates de la vida. Ella es
también, en otros muchos órdenes, superior al hombre. No es de extrañar, pues,
la reacción que una bibliotecaria tuvo ante un lector que le pedía el libro
titulado "La superioridad del varón". "Los cuentos (repuso fríamente la mujer)
están en el segundo pasillo a la izquierda".

La tradicional sumisión de la
mujer al hombre tuvo su origen en la coacción. En la fuerza masculina. Pero hoy,
gracias a la evolución tecnológica, la sociedad depende cada vez menos de la
fuerza muscular y más de la habilidad, la inteligencia, la imaginación y la
memoria. Cualidades éstas en las que la mujer destaca, pero ante las que el
hombre siempre ha cerrado los ojos. Desaparecida también hoy la prueba de
inferioridad de la mujer porque ésta no empuñara las armas, al hombre no le ha
quedado más alternativa que defenderse atacándola por su psicología. Así
funciona la "lógica femenina"
Los hombres
creen, por lo general, que la falta de entendimiento con el sexo opuesto es
inevitable. No por las evidentes diferencias biológicas, fisiológicas y sociales
a favor de la mujer, que ya empiezan a ser tímidamente reconocidas por los
hombres. Sus ataques se apoyan en su psicología diferencial negativa. Acusan a
la mujer de tener comportamientos poco racionales. Lo que los hombres llaman,
despectivamente, "la lógica femenina".
El mundo masculino tiene, en
efecto, la impresión de que la mujer posee una serie de hábitos, actitudes,
formas de ver la vida, de hablar y de sentir, bastante distintos de las de los
hombres. En ellos basa el hombre, entre otras razones, su incompatibilidad
convivencial. Todos estos inconvenientes los puede descubrir él de golpe.
Justamente, cuando su mujer descubre que él se comporta como un bígamo. Ya se
sabe, la bigamia es tener una mujer de más. Con frecuencia, ¡la monogamia
también!

Pero, ¿hacen realmente las
mujeres cosas que los hombres no hacen y viceversa? Probablemente. Pero los
hombres exageran la importancia de las diferencias femeninas más triviales,
calificándolas de ilógicas o poco racionales. Si hay interés jurídico, los
abogados de ellos las elevan a la categoría de "incompatibilidad de caracteres".
Esto les permite a los hombres mantener un permanente estereotipo subcultural
del mundo femenino. Y reafirmarse en el tópico de que "a las mujeres no hay
quien las entienda".

Esta estrategia reduccionista y maniquea tiene su "máximo"
exponente en ejemplos como los siguientes:
Conducen el
automóvil muy lentamente. Y cuando están ante un semáforo y éste se pone verde,
se demoran mucho en arrancar. Dan la sensación de que están esperando que
aparezca su color favorito.
Llaman por
teléfono a sus amigas sin ningún propósito específico. Exclusivamente para
charlar por charlar. Hablan como cotorras, lo que les obliga a cambiar el aceite
cada 5.000 palabras.
Son
terriblemente inseguras. Se encierran en el cuarto de baño echando el pestillo
¡aunque estén solas en casa!
Se demoran
conscientemente en las citas. ¡Se retrasan en cualquier actividad que emprenden!
(Los hombres, en cambio, son mucho más rápidos en todo, ¡incluso en
eyacular!).
Incomprensiblemente, necesitan menos sexo que los hombres. (Éstos, muy
a su pesar, se ven obligados a satisfacerse fuera de casa).
Para acudir
al retrete de un lugar público, se hacen acompañar siempre por otra mujer. (Y al
médico también).
Aprietan el
tubo de la pasta dentífrica por el centro en vez de hacerlo por su extremo
inferior. Y no lo reemplazan hasta que les duelen las yemas de los dedos de
tanto presionar.

Estos
ejemplos no tienen, por supuesto, ninguna validez como argumento que justifique
la tradicional falta de entendimiento entre hombres y mujeres. Son puros
pretextos a falta de otros razonamientos más coherentes. Es la inseguridad del
hombre lo que le ha impulsado a creer que únicamente su comportamiento es
lógico. Los hombres critican por sistema la "lógica femenina". Únicamente en un
caso dejan de hacerlo: cuando, ante las pretensiones sexuales del hombre, la
mujer dice "no" por la mañana y "sí" por la noche, sin que nada haya cambiado, a
excepción de la hora. ¡Ahí piensan que la incoherencia femenina es
admirable! Habla,
mudita, habla
Son otras las
diferencias que obstaculizan realmente la comprensión entre ambos sexos. Mucho
se ha hablado de las biológicas. Pero poco se ha enfatizado sobre las del
lenguaje. Éste también constituye una barrera importante que impide que ambos
puedan llegar a entenderse como seres humanos. Cuando las parejas intentan
comunicarse, ¡a menudo lo hacen con la misma claridad que el Pato
Donald!
Los hombres hablan entre sí
de asuntos externos: "trabajo", "automóvil", "fútbol", "política", "negocios" y
"tipos de vino y quesos". Y cosas así. Las mujeres, en cambio, lo hacen sobre
asuntos internos: "problemas emocionales con los hombres", "alimentación",
"peso", "sentimientos" y "de lo que falta en el frigorífico". Las mujeres se
ocupan, pues, de "lo privado" y los hombres "de lo público". De ahí la
denominación de Hombre Público. Si la mujer pretende homologarse a él, en este
sentido, ya se sabe, se convierte, por obra y desgracia del Diccionario, en una
ramera. Sexo,
una guerra de malentendidos
Así, cada uno
de los sexos califica los temas de conversación del otro de superficiales.
Simplemente porque no son de su interés. Son los distintos estilos de
conversación y la función que ésta cumple para cada sexo lo que realmente les
incomunica. Tan diferentes son los objetivos que cada sexo persigue en sus
conversaciones, que es harto conocida la típica división por sexos de las
reuniones de parejas. Cada grupo tiene sus conversaciones diferenciadas del otro
grupo. ¡Aunque estén ubicados intercaladamente! Pareciera como si los hombres y
las mujeres no pudieran mezclarse en las conversaciones. Sólo en las camas. Ahí
los hombres toleran que la mujer diga cualquier cosa que a él no le interese, a
condición de que la diga desnuda.

Existen otros muchos factores
desencadenantes de la guerra de los sexos (afán de felicidad, afán de posesión,
afán de manipulación, afán de dependencia, etc.) pero, al final, hay un hálito
de esperanza para desterrar de nuestro diccionario de aforismos la terrible
frase con que Sartre se refirió a la convivencia humana: "Hemos venido al mundo para no
entendernos. Y si alguna vez nos entendemos, es porque hay un mal
entendido". |