| Como el amor se calma sólo con la presencia de
la amada antes que el sol me
he desvelado por ver tu rostro
hermoso, España. Pues más que nunca el
amor duele si lo aprendemos y
nos falta. Mas la noche
es soledad. Tiene indiferentes o
lejanas estrellas, sombras,
luna o sueño. Sólo un olor a tierra
brava hace sentir que el
suelo es barro carnal, origen y
esperanza. Lenta, la luz
da al fin tu forma. Miro a lo lejos las
montañas de nieve y aire frío
ceñidas; veo la planicie
dilatada, con pinos verdes en
un cuesto, la tierra ocre y
entreparda, y los caminos, que se
pierden como el deseo, en lo
que aman. Pero aquí
cerca... Veo tu tierra, aún violada por las
zanjas que tu pasión pobló
de odio y amor feroz. Miro
las casas, sólo habitadas por el
cielo que ahonda de azul
cada ventana. Y no es la
ruina lo visible. Algo más hondo hay en
tu entraña de carne viva, de
hombres vivos. Algo más duro te
amenaza. Sacio mi vista en tu
presencia, mi hermosa, mi gozosa
España, pero duele, patria de
pechos mutilados, de boca
pálida: porque se odian y te
odian hijos que tú
igualmente amas. ¡Dueles,
dueles! Por eso quiero cantar tu gloria y tu
esperanza; tu gloria cegadora,
limpia tu esperanza
desesperada. España, deja que te
nombre, y queme en tu amor
mis palabras sin odio, puras y sin
muerte, pero rojas de sangre
cálida. ¡Diga mi voz lo que
te quiero, con la fe de cuantos
te aman! ...En tus
planicies y en tus ríos, en tus bosques y tus
montañas, pero más en tus
hombres, vivos y muertos, en sus
nobles almas, sobre las hondas
ruinas, veo un rostro
hermoso. ¡España, España! ¡Pasión de sangre!
Amor de vida, amor de libertad te
canta en una aurora del
destino. Amor amargo de la
patria.
Eugenio de Nora
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