Dos
constantes dominan la breve vida del más excelso lírico español del siglo XIX:
la pobreza y el sufrimiento.
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Nace
Gustavo Adolfo Claudio Domínguez-Insausti y Bastida Bécquer en la casa número 26
de la calle del Conde de Barajas, del barrio de San Lorenzo (Sevilla, España) el 17 de febrero del año
1836, quinto hijo del pintor costumbrista José Domínguez-Insausti y Bécquer y de
Joaquina Bastida y Vargas.
Se le
bautizó en la parroquia de San Lorenzo el día 27, siendo su madrina doña Manuela
Monnehay. En 1841 muere su padre y seis años más tarde su madre. No resulta
difícil comprender que la infancia de Gustavo Adolfo estuvo presidida por el
signo de la tristeza, pese a que su tío, don Juan de Vargas, generosamente
porque no era hombre de fortuna, se hizo cargo del pequeño y quiso orientar su
vida por las rutas del mar, inscribiéndole como alumno en el Colegio sevillano
de San Telmo, llamado popularmente de 'Mareantes', institución reservada a
jóvenes nobles y sin fortuna, para estudios náuticos.
La
imaginación del joven Bécquer se desbordaría por aquella época, haciéndole soñar
paraísos azules, horizontes infinitos, tierras desconocidas, exóticas,
maravillosas. ¡El mar!
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De seguir
en aquella indicada vocación, y no rechazada por el jovencísimo estudiante, el
destino de Gustavo Adolfo hubiera sido otro muy distinto. Quizá se hubiera
perdido gran parte de la tremenda sensibilidad poética de un hombre
-sensibilidad enfermiza, en no pocos casos-, y se hubiera ganado a un poeta más
universal en sus planteamientos y en su proyección. Tal vez, y con un gran
número de posibilidades a favor, la tuberculosis habría respetado al marino de
sana y dura vida. ¿Hubiera sido más o menos famoso? Imposible predecirlo. Lo que
es seguro es que Bécquer no hubiera dejado de ser poeta, que la poesía es una
llama que Dios pone en el alma de unos privilegiados a la hora de su nacimiento,
un soplo de grandeza, de coparticipación creadora que nació, sin duda alguna, de
la mirada amorosa del séptimo día que se nos describe en el Génesis -los poetas
son los hombres del séptimo día de Dios- y Gustavo Adolfo Bécquer es uno de
ellos.
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Sin
especular sobre un futuro inexistente, el marino se truncó absurdamente, por uno
de esos caprichos del destino; el colegio de San Telmo cerró sus puertas y luego
de unas amplias deliberaciones a cargo de sus tíos y tutores se decidió
iniciarle en la carrera del padre, para lo cual se le ingresó en la escuela del
pintor don Antonio Cabral Bejarano, de quien no sería mal discípulo en el corto
tiempo que permaneció allí y donde se manifestó de una manera más vehemente la
que habría de ser "su vida toda", la literatura.
Frecuenta
la casa de su madrina, Manuela Monnehay, en cuya biblioteca leerá a los
principales autores románticos (Chateaubriand, Hugo, Byron,
Espronceda...).
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Su vocación
literaria es precoz, ya la compartió, en el colegio San Telmo, con su amigo y
compañero de estudios Narciso Campillo y Julio Nombela (por ellos y por Ramón
Rodríguez Correa son conocidos muchos episodios de su vida). De los diez o doce
años son sus primeros escritos, bajo la influencia tanto del romanticismo como
de una inicial formación clásica.
En
colaboración con Narciso Campillo, compuso un drama del que se conoce su título,
'Los
Conjurados', y
una novela al estilo de Walter Scott, obras de las que no se conservan más
noticias. (Como anécdota, decir que Campillo salvó a Gustavo de morir ahogado en
el Guadalquivir).
Un año
antes de su ingreso en la escuela de Cabral Bejarano, el que iba para marino y
para pintor después, y no sería ninguna de las dos cosas, compuso
'Oda a la muerte
de don Alberto Lista', que parece ser su primer poema, donde junto a ingenuidades propias
de la edad, apunta ya el gran poeta futuro en que se convertiría, con atisbos de
genialidad en no pocos de sus versos.
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Ya en sus
tiempos de alumno en el colegio de San Telmo (1846-1847), el maestro de Gustavo
Adolfo, don Francisco Rodríguez Zapata, influyó decisivamente en el ánimo del
novel marino hablándole de Alberto Lista, pedagogo, poeta y crítico español
(1775-1848), clásico y horaciano, pero ya infiltrado del espíritu moderno, de
ahí este poema.
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| Lágrimas de pesar, verted, y el
rostro en señal de dolor, cubrid,
doncellas, las liras destemplad y vuestros
cantos lúgubres suenen.
La vil ceniza del cabello
cubra los sueltos rizos que, volando al
aire, digan al par con nuestros ayes
tristes: "Murió el poeta."
¿Oís? "¡Murió!", repiten
asustadas con flébil voz, las Musas y,
aterrado, también Apolo con dolor repite: "Murió por siempre."
Pero mirad, mirad. Ya
Melpómene de entre el lloroso grupo se
levanta, toma la lira y con acento triste canta; escuchemos.
"¿Quién cortó -dice- la preciosa
vida del cisne de la Bética? ¿Qué mano impía, de las ondas siempre claras del Betis, arrancó su amado hijo? ¿Quién fue el osado?"
Llorad, musas, llorad, y
descompuestas las trenzas del cabello, dad al
viento; la Parca fue quien de su vida el
hilo cortó inmutable.
¿Y no temiste? ¿La segura
mano al descargar el golpe no temblaba? ¿Su respetable ancianidad, sus
años, no te movieron?
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| Es
importante esta Oda. Apunta ya ese estilo suyo que le convertiría en uno de los
primeros poetas del sentimiento, a la manera romántica; sin el pesimismo
desesperado y escéptico de Leopardi, Byron o Heine, sino más bien con el lirismo
al estilo de Garcilaso, resignadamente, como sometiéndose en débil protesta a lo
que resulta irremediable, con un fatalismo saturado de belleza.
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| De sus
versos sevillanos hasta su viaje a Madrid, con dieciocho años, se conocen los
siguientes, posteriores todos ellos a su 'Oda a la muerte de don Alberto Lista'. De unos se saben las fechas en
que fueron escritos y de otros no: 'Fragmentos de poemas', '¡Las dos! (juguete
romántico)',
'Oda a la
señorita Lenona en su partida' (17 de septiembre de 1852), 'Soneto' (1853), 'La plegaria y la
corona' (17 de
marzo de 1854) y 'Al céfiro' (1854).
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| Entre los
llamados primeros poemas, y pese a estar fechado en 1855, se incluye
'Anacreóntica', de la época sevillana sin duda alguna, aunque críticos de la talla
de Gamallo Fierros se refieran a ella como la "iniciación madrileña".
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Es también
aficionado a la pintura, como su hermano Valeriano, al que permanecerá siempre
estrechamente unido.
Su
adolescencia transcurre entre los estudios (de pintura, una vez abandonado el
Colegio de San Telmo, y, luego, de "latinidad"), un primer noviazgo, con la no
identificada novia de la calle de Santa Clara, a los dieciséis años, los paseos
y las conversaciones con sus entrañables amigos Narciso Campillo y Julio
Nombela. Estos le recuerdan, desde entonces, silencioso y ensimismado, lleno de
sueños literarios.
Sólo en
Madrid, centro de la vida artística y cultural, parece posible realizar esos
sueños. Bécquer prepara el viaje, consigue un poco de dinero (treinta
duros recibidos
de su tío Joaquín) y, por fin, deja Sevilla.
Tiene, cuando llega a Madrid, el 1
de noviembre de 1854, dieciocho años. Y se instala en una pensión de la calle de
Hortaleza. Ha seguido a Julio Nombela, quien se ha trasladado a la capital con
su familia.
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Los
primeros años en Madrid son duros. Las esperanzas de un triunfo inmediato se
desvanecen y Bécquer concibe la idea de una extensa obra, 'Historia de los templos de
España', en la
cual las grandes catedrales e iglesias del país serían descritas y exaltadas
como expresión de una profunda religiosidad. Obsesionado con ello, se documenta
y escribe, busca colaboradores y patrocinadores; sólo tres años después, en
1857, saldrá a la luz una parte de la obra, cinco entregas, para quedar luego
suspendida.
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Sus amigos,
más realistas que él, le instan a buscar trabajos literarios de qué vivir, pero
Bécquer se niega. Le presentan a gente, a la que él rehuye siempre que puede.
Encerrado en un pequeño círculo, sin dinero, sin iniciativas, cambia de
domicilio varias veces, apenas sale, se siente decepcionado de
Madrid.
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El 1 de
enero de 1855, Bécquer se traslada a la pensión de doña Soledad, mujer sevillana
que sería la providencia para el poeta en un año en el que la situación
económica de Gustavo Adolfo iba a ser catastrófica. No obstante, avergonzado de
que su patrona le alimente por nada, accede a la invitación que le hace su buen
amigo y compañero del colegio de San Telmo, Federico Alcega, y allí permanecerá
el tiempo preciso hasta la llegada de su hermano Valeriano, provisto de un
dinero que le habían facilitado sus familiares de Sevilla, su tío Joaquín
principalmente.
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Ambos
Bécquer se trasladaron a una pensión de la plaza de Santo Domingo y allí
comentarían, no sin dolor, el fallecimiento de la madrina de pila de Gustavo
Adolfo, doña Manuela Monnehay, la mujer que le deseaba marino o pintor, pero
jamás poeta.
A finales
de la primavera de 1855, los dos hermanos van a Toledo a inspirarse para el
libro 'Historia
de los templos de España'. ¡Toledo! ¡Lugar de amor y casi peregrinación para Bécquer como lo
sería también, más tarde, el monasterio de Veruela!
Lentamente,
va entrando en razón: participa en la fundación de un periódico efímero, 'El
Mundo', y colabora en 'El Porvenir' y 'El Correo de la Moda', y acepta otros
trabajos ocasionales: escribir biografías de diputados (a real cada cuatro
líneas) sobre notas proporcionadas por un editor, o traducir y adaptar obras de
teatro, cosa que hará con García Luna, firmando con el pseudónimo de Adolfo
García. Incluso consigue un puesto de escribiente en la Dirección de Bienes
Nacionales, pero lo pierde rápidamente al ser sorprendido escribiendo y
dibujando en horas de trabajo.
Periodismo,
colaboraciones allá donde puede, salida tímida del anonimato, conocimiento
con el que sería su gran amigo Ramón Rodríguez Correa, publicación de la primera
entrega de 'Historia de los templos de España', teatro, sin suerte, con el
libreto de la zarzuela 'La venta encantada' y, al fin, tristemente, en junio de 1858... tuberculosis, penosa
enfermedad.
Para pagar
los gastos que ocasiona, su amigo Ramón Rodríguez Correa busca entre los papeles
del enfermo y encuentra 'El Caudillo de las manos rojas'. Será la primera de sus leyendas que se
publique.
Más que el
nacimiento de la enfermedad, que ya se le había manifestado sin excesiva
virulencia a fines del año anterior, se trataba de un ataque gravísimo, de
extraordinaria intensidad, que estuvo a punto de quebrar para siempre la vida
del grandísimo poeta. Los cuidados de Valeriano, y de no pocos amigos, le
permitieron superar la crisis aguda, entre docenas de alternativas en las que la
muerte parecía inevitable. La convalecencia se presentaba difícil. Había que
comenzar a moverse y para ello ningún sitio mejor que el Retiro. Vivía el poeta
entonces en la calle de Visitación, lo que le obligaba a atravesar parte del
centro de Madrid.
Julio
Nombela, su más íntimo biógrafo, nos cuenta así uno de los más importantes
episodios de la vida-literatura o literatura-vida de Bécquer, su enamoramiento
de la que había de ser musa inspiradora, cruel musa, Julia Espín, hija del
director de coros del Teatro Real.
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"Cuando
pasamos -nos
dice Nombela en sus memorias- estaban asomadas a uno de los balcones del piso principal dos jóvenes
de extraordinaria belleza, diferenciándose únicamente la que parecía mayor,
escasamente de diecisiete o dieciocho años, por la expresión de sus ojos y el
conjunto de sus facciones, algo celestiales. Gustavo se detuvo, admirado, al
verla, y aunque proseguimos nuestra marcha por la calle de la Flor Alta no pudo
menos de volver varias veces el rostro, extasiándose al
contemplarla...".
Desapareció
la tristeza de Bécquer tras el encuentro, intrascendente para cualquier persona
que no tuviera su fina sensibilidad.
En tardes
sucesivas "volvimos
a la calle de la Justa entrando por la de la Flor Alta, torciendo a la izquierda
para alcanzar, por la calle de la Estrella, la de San Bernardo, y dirigirnos a
nuestro solitario paseo (continúa Julio Nombela). Siguiendo aquel camino, si las jóvenes estaban asomadas al
balcón podíamos verlas por más tiempo, lo que por fortuna sucedía casi
siempre...".
Pronto dejó
de ser una desconocida para tomar nombre y apellidos concretos: Julia Espín
Pérez, hija de don Joaquín Espín Guillén, persona notable por su relativa
privanza con la corte y maestro de coros de la ópera italiana que actuaba en el
Real, segundo organista de la Real Capilla, maestro de Solfeo del Conservatorio,
fundador de la revista 'La Iberia Musical', desde donde defendió los intereses
del arte y abogó por la ópera nacional. La madre de Julia, doña Josefa Pérez,
era sobrina de Isabela Ángela Colbrán, la temperamental esposa del célebre
Rossini.
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Visita con alguna
frecuencia su casa, a la que acuden músicos y escritores, y comienza a escribir
las "rimas". Julia es, muy probablemente, la inspiradora de las primeras, pero
la muchacha no le corresponde.
Julia Espín había nacido el 18 de noviembre de
1838 y era dos años más joven que Bécquer, poseía una magnífica voz de soprano
con la que, años más tarde, obtuvo éxito en no pocos teatros de Europa; amiga y
protegida en cierto modo de Tamberlik y musa inspiradora del compositor Bazzini
para su ópera 'Durandor'; mujer muy bien acogida en la alta sociedad madrileña y
con una única y desbordante pasión: la música y el canto. Julia ignoró y
menospreció a su apasionado poeta, no con femenina crueldad, sino haciendo honor
a su independencia de mujer.
Se sabe, sin lugar a dudas, que la misma tarde de
su primer "encuentro", ella en el balcón y él en su paseo habitual, Gustavo
Adolfo escribiría:
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Te vi un punto, y flotando ante mis ojos la imagen de tus ojos se quedó, como la mancha oscura, orlada en
fuego, que flota y ciega si se mira al
sol.
Adonde quiera que la vista
fijo torno a ver tus pupilas llamear; mas no te encuentro a ti, que es tu
mirada: unos ojos, los tuyos, nada más.
De mi alcoba en el ángulo los
miro desasidos fantásticos lucir; cuando duermo los siento que se
ciernen de par en par abiertos sobre mí.
Yo sé que hay fuegos fatuos, que en la
noche llevan al caminante a perecer; yo me siento arrastrado por tus
ojos; pero a donde me arrastran, no lo sé.
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| La presentación formal,
física; el apasionamiento febril de Gustavo Adolfo y el desdén, la frialdad, de
la mujer que no quiere atarse a nada ni a nadie que entorpezca su carrera y que
para disuadir al enamorado llega a decirles a Nombela, a Rodríguez Correa, a los
comunes amigos, hasta frases hirientes con el propósito -¡vano propósito, mal
conocía Julia Espín a los poetas!- de desatar la indignación del hombre y que
cesara en su obsesivo "acoso". Nada consigue. Todo es poesía entre la Musa y el
poeta, pero sólo para el poeta. Los más leves gestos de la amada, las vanas
esperanzas y los reales desdenes, los convertía en lirismo. Y a la hora del
amargo desengaño, cuando ya los amigos le dicen que la olvide, cuando se
convence de que aquellos sueños no serán jamás realidades, brotan de su dolor
versos magníficos, el poema... |
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Como se arranca el hierro de una herida su amor de las entrañas me
arranqué, aunque sentí al hacerlo que la
vida me arrancaba con él.
Del altar que le alcé en el alma
mía la voluntad su imagen arrojó, y
la luz de la fe que en ella ardía ante el ara desierta se apagó.
Aun para combatir mi firme
empeño viene a mi mente su visión
tenaz... ¡Cuándo podré dormir con ese
sueño en que acaba el soñar!
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Los
biógrafos coinciden en señalar este rompimiento definitivo hacia el año 1860.
¡Cuánto dolor en el poeta, cuánto pesimismo! Hundido moralmente, en su nueva
pensión de la calle del Baño, 19, conoce a la sirviente Casta Esteban y Navarro.
Ella le acoge y viven maritalmente.
Que Gustavo
Adolfo no ha olvidado a su amada de las Rimas lo corrobora el hecho de que en el
primer hijo de su hermano Valeriano, al que apadrina, una niña, consigue que se
le ponga Julia de nombre.
De su
matrimonio con la que es su amante, en la parroquia de San Sebastián de Madrid,
decir que fue el mayor error del poeta, no sólo por la absoluta falta de cariño
a una esposa incapaz de comprenderle, sino porque Casta Esteban le traicionará
con un indeseable apodado "El Rubio" (Hilarión
Borobia), hecho que descubrirá Valeriano en 1868. Algo bueno, sin embargo, tuvo
este enlace para el infortunado Bécquer. La necesidad de cubrir los gastos de
una familia y el nacimiento de Gustavo Adolfo, primer hijo del matrimonio -9 de
mayo de 1862- forzó al poeta a trabajar más intensamente, fruto de este trabajo
serían no pocas de las admirables Leyendas, y las 'Cartas desde mi celda', concebidas y en parte escritas
en la convalecencia de una recaída de su incurable enfermedad. Antes decir que,
en 1859, colaboró en el periódico 'La Época' como crítico literario. Ese mismo
año aparece también la primera rima publicada personalmente por Bécquer:
'Tu pupila es
azul'.
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Continúa,
entre tanto, su actividad teatral, estrenando varias zarzuelas. Una de ellas
mereció, al año siguiente, una crítica muy dura de 'La Iberia'. En una carta de
réplica, Bécquer expondrá, sinceramente, su actitud ante la poesía:
"... Tengo para
mí que la poesía lírica española sería una de las primeras del mundo si con ella
se comiese... La política y los empleos, último refugio de las musas en nuestra
nación, no entraban en mis cálculos ni en mis aspiraciones. Entonces pensé en el
teatro y en la zarzuela... No creo (sin embargo, que esa sea la senda) que
conduce a la inmortalidad...".
En 1860
aparece el primer número de 'El Contemporáneo' y en él la primera de las
'Cartas
literarias a una mujer', de Bécquer, una reflexión sobre poesía y literatura. Se inicia así
una colaboración que durará toda la vida del periódico, del que llegará a ser
director en algún momento, y cuya ideología conservadora asume absolutamente el
poeta.
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| También
en el año 1860
conoce a Augusto Ferrán, un joven poeta entusiasta de la literatura alemana.
Cuando éste publique, al año siguiente, 'La soledad', Bécquer escribirá una
reseña que se ha hecho famosa: en el libro del amigo descubre una poesía cuyas
características principales son la brevedad, la espontaneidad, la falta de
artificio, la capacidad de sugerir, que tanto influirán en su obra
lírica.
Así
llegamos a 1861 en que se casa, como ya se ha dicho, con Casta Esteban, la hija de
un médico oriundo de Siria, a la que había conocido el año anterior. Es, para
sus amigos, una boda sorprendente e inesperada. En 1862 nace su primer hijo, y
en 1865 nacerá su segundo, Jorge, pero nunca será un matrimonio
feliz.
Entre 1861
y 1864 publica numerosas leyendas y narraciones, así como otros trabajos
periodísticos, y continúa adaptando obras de teatro, ahora con la colaboración
de Rodríguez Correa. Bécquer ha alcanzado un cierto éxito, su fama ha crecido, y
su vida se ha hecho más estable; algunos viajes (a Toledo; al monasterio de
Veruela, cerca de Vera del Moncayo, en Zaragoza; quizá a Sevilla...) le sacan de
lo que parece una situación monótona.
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En 1864
permanecerá en Veruela algún tiempo, con su familia y la de Valeriano, y allí
escribirá las 'Cartas desde mi celda'. En ellas aparece un sentimiento de frustración y
desengaño que contrasta vivamente con las ilusiones de su primera
juventud.
"Seguramente que deseo vivir,
porque la vida, tomándola tal cual es, sin exageraciones ni engaños, no es tan
mala como dicen algunos; pero vivir oscuro y dichoso en cuanto es posible, sin
deseos, sin inquietudes, sin ambiciones... He aquí hoy todo lo que ambiciono.
Ser un comparsa en la inmensa comedia de la humanidad...".
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En 1864, González Bravo,
ministro de Gobernación, que había sido periodista y admiraba a Bécquer, le hace
titular del departamento del Ministerio encargado de la censura de novelas en
materia religiosa y moral. Bécquer consigue por ello una retribución muy elevada
(24.000 reales al año: en los años sesenta, un obrero ganaba unos 3.000 reales
al año y un empleado de ferrocarril en torno a los 8.000). Esto le permite
tener, ¡por fin!, un hogar estable en el número 80 de la calle de Atocha, casa
desaparecida hoy, sin que de ella quede el menor vestigio.
Salvo el período de
1865 a 1866, en que el propio González Bravo se ve obligado a abandonar el
Ministerio, Bécquer disfrutará de ese cargo hasta el 1868. Pero su salud
empeoraba. Se sabe que en 1867 obtuvo una licencia por enfermedad de más de un
año de duración, por lo que es fácil imaginar que la tuberculosis, implacable,
iba destrozando al hombre.
De 'El
Contemporáneo', que desaparece en 1865, pasa, como director literario, a la
revista 'El Museo Universal', donde publica reseñas, artículos breves y
comentarios a ilustraciones (entre otras, las de su hermano Valeriano). También
aparecen en El Museo... varias rimas. En 1867, Bécquer prepara un manuscrito con
todas ellas, que González Bravo piensa publicar a sus expensas, prologándolas. |
| En 1868 se separa de su mujer, que mantiene relaciones con otro hombre; fruto de
éstas nacerá un niño, que Bécquer reconoce como suyo. Ese mismo año, la
revolución de septiembre hace caer a la reina Isabel II. El palacio de González
Bravo es saqueado y en el tumulto desaparece el manuscrito de las rimas, que el
poeta ha entregado al ministro. Éste abandona Madrid, rumbo al exilio, y Bécquer
le acompaña, para regresar no obstante al poco tiempo. Pierde su puesto de
censor de novelas y, con su hermano, se instala en Toledo. Les acompañan los
hijos de ambos (también Valeriano se había separado de su mujer varios años
antes). Es una época de abatimiento, Bécquer reconstruye de memoria al final de
un cuaderno las rimas que, con el título 'Libro de los gorriones', es el manuscrito que hoy se
conserva en la Biblioteca Nacional. A finales
de 1869 regresa a Madrid junto a su hermano Valeriano y los hijos de ambos.
Viven en un hotel de las Ventas.
En 1870
vuelve al periodismo, como director literario de 'La Ilustración de Madrid',
donde publica regularmente artículos, y concibe nuevos proyectos. Valeriano
pinta, Bécquer escribe, pero el 23 de septiembre muere Valeriano, cuyos hijos
son recogidos por sus parientes de Sevilla. Gustavo Adolfo se traslada a una
casa de la calle de Claudio Coello, en el número 25, donde se le reunirá de
nuevo su mujer, Casta Esteban. El poeta la admite a su lado, consciente de que
su fin está próximo.
Reencuentra
a Campillo, su amigo de la infancia, a quien entrega el manuscrito de sus obras,
encargándole que las corrija y publique. Dirige aún un último periódico, 'El
Entreacto', donde aparecerá su último trabajo, inacabado, 'Una tragedia y un
ángel'.
Una fría
mañana de diciembre, tras un viaje en la parte descubierta de un ómnibus,
Bécquer cae enfermo. El día 20, en presencia de Augusto Ferrán, quema su
correspondencia amorosa. Dos días después, a las diez de la mañana, Bécquer
moría. Tenía treinta y cuatro años.
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Ese mismo
día, el 22 de diciembre de 1870, hubo un eclipse de sol en Madrid. Las últimas
palabras del poeta fueron: "Todo mortal". |
Y, como
sucede siempre, muerto el hombre crece la fama. Sus amigos, Rodríguez Correa y
Campillo, principalmente, publican en Madrid la primera edición de las obras de
Gustavo Adolfo y el éxito es absoluto. Las gentes se aprenden de memoria sus
incomparables Rimas,
se comentan sus Leyendas y a partir de entonces crece como un prodigio la popularidad del
poeta, amor de los enamorados, musa del Amor. Los críticos comentan
favorablemente la sobria forma poética de Bécquer. |
Bécquer,
joven, sevillano, enamoradizo del amor aun sin persona física, el amor como
sentimiento, como intuición de placeres, como única felicidad; el amor lírico a
la luna, a los sueños, a la vida inconcreta, a lo etéreo... |
Bécquer,
frágil en su salud, pretendía justificarlo todo, hasta la más negra miseria, con
su amor a la gloria y a la eternidad, como lo demuestra su poesía quebradiza,
ondulante, presentida, llena de líneas vagas y dolientes que nacen para
desaparecer con fragor y sueños de gasas, lírico hasta lo
enfermizo.
Bécquer,
apasionado, vehemente, tímido siempre, escribe en pleno auge del Realismo. La
poesía, al gusto burgués de la Restauración borbónica, es prosaica y falsamente
trascendente. Muy poco dada al intimismo lírico, y sí a los tópicos
sentimentales y seudofilosóficos.
Pero él, y
unos pocos poetas, eluden esa actitud. Tampoco les gusta la poesía del primer
romanticismo, la de Espronceda, tan exaltada y gesticulante. No les atrae el
modelo inglés (de Byron) o francés: prefieren la lírica alemana (Heine, sobre
todo), que leen en traducciones.
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Este modelo
es el de un lirismo intimista, sencillo de forma y parco de ornamento, para que
resalte más el sentir profundo del poeta.
Su inmensa
importancia como lírico no debe empañar el que Bécquer fuese un extraordinario
prosista; frente a la funcionalidad de la prosa realista, él dota a la suya de
admirable calidad poética.
Las
Leyendas son veintiocho relatos, con claros rasgos románticos: el amor
imposible ('El
rayo de luna'),
lo misterioso y sobrenatural ('Maese Pérez el organista', 'El Miserere'), lo costumbrista
('La venta de los
gatos'), lo
exótico, etcétera.
Las
Rimas
son ochenta y cuatro poemas breves, asonantados en general, y metros variados,
en los que se funda la importancia de Bécquer en la literatura.
El propio
Bécquer expuso sus ideas poéticas (en la reseña de 'La soledad', de su amigo
Augusto Ferrán) que, en resumen, decía: ... Hay una
poesía pomposa, que seduce "con su armonía y su hermosura". Pero hay otra, breve y seca,
"que brota del
alma como una chispa eléctrica", desnuda de artificio, que roza el alma del lector y
despierta su fantasía.
La primera
es la poesía de todo el mundo, agrada al oído, produce satisfacción y se
desvanece. La segunda es "la poesía de los poetas": se produce como el acorde de un arpa, que queda
vibrando y no acaba: al concluir su lectura, "se inclina la frente cargada de
pensamientos sin nombre".
No
hay que
decir que él se consagró a esta lírica por él calificada de breve y
seca.
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Con una
obra poética muy breve, Bécquer es uno de los más excelsos líricos. Pocos de sus
contemporáneos lo estimaban: Núñez de Arce, poeta admirado entonces, llamó a las
Rimas
"suspirillos germánicos".
El
reconocimiento pleno de su arte y su influjo se producen con poetas que nacen
poco después de morir él (Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez) y más tarde
(Salinas, Cernuda, etc.). Hoy la crítica lo sitúa como cabeza de la lírica
contemporánea.
Y ello por
la pureza que, con medios formales muy simples, acierta a expresar emociones
hondamente sentidas, esas exhalaciones del yo en que la poesía consiste. Hay que
remontarse a los grandes escritores del XVI y del XVII para encontrar parangón a
Bécquer.
Para acabar
no se deben omitir unas líneas escritas por Gustavo Adolfo desde Soria, a
Rodríguez Correa, su confidente de las amargas épocas, poco antes de contraer
forzado matrimonio con Casta Esteban, embarazada ya por aquel entonces, en marzo
de 1861:
"Mañana emprenderemos el camino de Veruela. ¡Ojalá el viejo Monasterio
me dé la calma y la resignación que necesito, pues mi alma es sólo un pobre
guiñapo insensible, dormido, que me pesa como un fardo inútil que la fatalidad
tiró sobre mis hombros, y con el cual me obliga a caminar como nuevo judío
errante! En el amplio hogar de la cocina me entretuve anoche en quemar todas las
cartas, únicos recuerdos, reliquias mejor dicho, que me quedaban de mi ayer, de
las horas que nunca volverán. Al enroscarse a los rotos pliegos, la llama
parecía su mano, una mano amarilla, de muerte, que se burlaba de mí, haciendo
signos incomprensibles; aquella mano que hoy estará prisionera entre otras... No
quiero pensar nada, sentir nada."
Para saber
más, visita: Galería
fotográfica
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